Despedida a una amiga

Todavía recuerdo el día que te sentaste frente a mí y de manera calmada me relataste todo el proceso que recién habías vivido. Había pasado más de un mes, desde aquella tarde que saliste de la oficina y no regresaste. Tuviste una visita sorpresa.

Debió comenzar mucho antes, pero no fue hasta un dolor inmenso y paralizante que te hizo acudir de emergencia al hospital donde te descubrirían un avanzado cáncer en el intestino y te operaron de emergencia. El cáncer visitaba tu cuerpo, otra vez. Varios años antes, te habías recuperado de su amenaza en la tiroides.

Dicen que los sobrevivientes de cáncer pueden vivir con el miedo de que vuelva aparecer a joderles la vida, pero también dicen que se las cambia para siempre. Descubren nuevas perspectivas y su modo de resiliencia se desbloquea de manera exponencial. Nunca le vuelven a dar importancia o prioridad a lo que no lo tiene. Entiéndase, viven una vida más real, como lo hacías tú.

Adquieren otros niveles de conexión con su esencia, con el universo, con el amor. Ante la alerta de la vulnerabilidad de la vida entran en una negociación, en la que ganan algunas batallas, a veces la guerra. Quizás eso es lo que te hacía tan especial, irradiabas luz y una gran capacidad de sostenerte, mantenerte y reponerte ante la adversidad.

Tenías una mezcla de seriedad, sonrisa y desinterés que te acompañó siempre. Pero continuando con aquel momento, recuerdo que regresabas al trabajo, pero la vida ya te había vuelto a cambiar.

Hay conversaciones que te dejan sin palabras y esta era una de esas. Yo podía escucharte e intentar entender por lo que atravesabas, pero mi capacidad no daba para más. Ver tu fortaleza, casi inquebrantable, mientras me contabas, me dejaba perpleja.

Nos separaba un escritorio de distancia y vestías una camisa de manga larga que ocultaba el proceso de tu quimioterapia. Cargabas una máquina pegada a tu pecho que quemaba tu cuerpo y a su vez, nos llenaba a todos de esperanza. Aun así, yo seguía aterrorizada, claro que nunca te lo dije.

Mientras hablabas, yo no podía dejar de pensar, “Oh Dios, pero que hace aquí, por qué no se quedó en su casa, porque no está descansando, llorando, comiendo una pinta de mantecado y culpando al mundo por su diagnóstico y tratamiento”. Pero claro, esa no eras tú, tus cambios físicos no debilitaban tu mente. Tu espíritu se robustecía, luego de ser operada y tras la larga lucha que apenas comenzaba, parecías un roble.

Esa actitud, ese coraje y esa resiliencia te hizo lograr todo lo que quisiste. Desde ese momento en adelante, no paraste. Alcanzastes diagnósticos free, viajes familiares, reconstruir tu alimentación, encontrar nuevas formas de ejercitarte, ser productiva, eficiente en tu trabajo, unir más a tu familia, conocer diferentes rincones, ver tus hijos graduar, amar y dejarte amar.

Lisandra Ortíz Silva 1972 – 2021

Yo era una simple espectadora, maravillada con tu fuerza mental, emocional y física. Tiempo después, el cáncer volvió y aunque tu espíritu continuaba intacto, tocaba despedirse y hasta el final de tus días fuiste todo lo mejor que pudiste ser, simplemente Lisandra. La madre, esposa, aventurera, luchadora, bondadosa, trabajadora y terca.

Agradezco a la vida nuestro encuentro y ser testigo de como nuestra actitud nos define por encima de las circunstancias y crisis. Estoy muy orgullosa de vos.

Hasta luego, amiga, que tu luz se siga esparciendo en cada cosa que tocaste y cada vida que disfrutó de tu presencia.

Un abrazo,

Publicado por Karinamarie

Life Coach, Speaker y Entrenadora Certificada, especializada en liderazgo. Licenciada en Relaciones Públicas con Master en Redacción para los medios de comunicación. Soy amante de la lectura y la escritura. Miembro del John Maxwell Team y el Club Toastmaster del Sur de la Florida.

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