Sí, nos empañó la primera Navidad, pero fue la única

Soñé tantas veces mi primera Navidad como mamá. La ilusión de vestir a mi hijo, de ver su cara deslumbrante de emoción con los regalos, de celebrar en familia y de enseñarle lo bondadoso que es Dios.

Para mí, la Navidad es: alegría, esperanza y fe. Lo más cercano a la Magia. Y en el 2009, la magia se empañó.

Hace doce años, era la primera Navidad como mamá de Kalem (mi único hijo) y la única con su papá. Una persona a quien ya había perdonado varias infidelidades durante el embarazo. Me arraigaba (o me arrastraba) a las clásicas ideas de no querer ser juzgada como madre soltera, al daño que puede causar un hogar «disfuncional» o que al crecer mi hijo me culparía de separarlo de su padre. Creencias absurdas que nos llenan de miedo, culpa y vergüenza, al mismo tiempo, que nos traicionamos.

Primero, tras despedir el año con él y su familia nos dejó a pie en otro pueblo para irse amanecer bailando en un hotel. Regresamos a casa por pon y pasé la noche en vela esperando que llegara, rogando que estuviera bien y que no ocurriera una desgracia.

Si no lo has pasado, te cuento que noches así, te alteran todo el sistema. No puedes pegar un ojo, porque sumado a la tristeza y a la decepción que causa la acción, te llenas de posibles escenarios negativos. Se te eriza la piel, se te revuelca el estómago y se acelera el corazón. Tragas hondo, pero no consigues calmarte del todo. Lo único que te consuela es saber que tu hijo y tú están juntos y a salvo.

Esa madrugada cuando él llegó, no dije ni hice nada, lo permití. Al igual que había permitido infidelidades y amanecías anteriores. Mi autoestima estaba quebrada y mi fuerza de voluntad en el piso. Hoy sé, que eso sucede cuando permites que crucen límites no negociables, como el respeto y la consideración.

Días después, dentro del desespero de irse de parranda con amistades versus disfrutar con “su familia” lanzó con rabia los juguetes de Kalem. No logro recordar las palabras que dijo en ese momento, se nublaron de mi mente, pero el gesto lo tengo clarísimo. Íbamos a salir, él tenía a Kalem en brazos, pasaba por el lado de la mesa del comedor, extendió su mano, cogió los carritos y los restalló contra el piso, mientras vociferaba.  

Sin tocarme, sentí el golpe en el pecho, la respiración entrecortada y la manera en que se abrieron mis ojos. No sentí miedo, sentí que un dragón se despertaba dentro de mí y me quemaba por dentro. Se habían disparado todas las alarmas de auto protección y auto respeto.

El «hasta aquí» que ya había sentido y pensado antes, se hizo contundente e imposible de ignorar. Pasar por alto mí valor más sagrado, no era negociable. Si por una estupidez así se había atrevido hacer eso delante del niño, ¿qué podía esperar en un futuro, cómo me iba sentir en esa relación, qué le estaba ofreciendo a mi hijo?

Bolsas negras y ¿a dónde te llevo? Su estancia en mi casa finalizó en aquel instante.

Ya van doce años y en estos días tan cercanos a la Navidad, mientras veía la serie Maid en Netflix, los recuerdos regresaron. Me sentí helada al ver la estadística de cuántas regresan, una y otra vez, sometidas al ciclo sin poder salir. Muchas veces porque pensamos que actos como estos pueden ser insignificantes y, sin embargo, son solo el principio.

Se que es difícil lo que nos espera cuando queremos romper. La incertidumbre, las trabas sociales, el miedo al qué dirán, al fracaso, a no tener ayuda, a sentirnos solas o a un proceso judicial producen la sensación de imposible. Al igual que la protagonista, aún con mi preparación académica, también tuve que ir a buscar ayudas de gobierno. También tuve que enfrentarlo en una corte para que me ayudará económicamente. Incluso, tuve que amenazarlo y obligarlo a no moverse del hospital cuando iban a operar a Kalem de emergencia y necesitaban su autorización.

Fácil no es, sin embargo, miro atrás y me perdono por lo que perdoné antes de aquella Navidad, al mismo tiempo, que me agradezco por tomar la decisión que nos protegió.

Las emociones son información, y en aquel momento, cuando la angustia, la frustración, el coraje y el dolor invadieron cada célula de mi cuerpo, logré formularme una única pregunta: ¿Es esto lo que quiero para mí y para mi hijo?

Ese día, me juré que jamás pasaríamos otra Navidad así. Me tocó hacer malabares, pero la PAZ de proteger nuestro entorno sigue innegociable. Mi promesa es INFALIBLE. Tengo la misión de demostrarnos lo valioso que somos y lo vital que es ser leal a nuestros valores.

Deseo que mi hoy preadolescente tenga la valentía de enfrentarse al mundo, a quien sea, hasta a mí, para sentirse en paz con él mismo y crear la vida que desea. Sé que la satisfacción de ambos será eterna.

A ti que me lees, solo te digo: Si tienes que elegir, elígete a ti, una y otra vez. Esa es la garantía de que, por encima de las circunstancias, liberarás tu potencial. La fidelidad a tu valor personal es la que te alejará de personas o lugares que ultrajen tu paz. Confía en tu espíritu limpio y puro. Escucha las emociones y atraviésalas. Ellas son las alarmas que te confirman que algo tiene que cambiar y que con acción lo puedes transformar.

PD: No se trata de si la otra persona es buena o mala, ni de si fue un evento aleatorio o insignificante, se trata de ti, de lo que quieres sentir y vivir. De lo que te da paz versus te la quita. De si el corazón te late de emoción o de miedo y angustia. Se trata de elegirte siempre, por ti y por los tuyos.

Te abrazo, Karina Marie

#CreoEnTuGrandeza #YoDecido #MePertenezco #AmorPropio

Publicado por Karinamarie

Life Coach, Speaker y Entrenadora Certificada. Licenciada en Relaciones Públicas con Master en Redacción para los medios de comunicación. Amante de la lectura y la escritura. Miembro del John Maxwell Team y del Club Toastmaster del Sur de la Florida.

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